martes, 16 de abril de 2013

Vete calentando la cama que hoy no quiero dormir con ropa.


Guardas en la mirada esa pequeña chispa que hace que arda todo lo que hay alrededor, y sin saber muy bien cómo, jugamos a dibujar caminos que suben y que bajan perdiéndose en las rotondas de lunares que llevamos tatuados en el cuerpo. Reconócelo, nunca fuimos de ésos que escogen el camino recto.
Y empiezas a jugar con las capas restantes de mi piel, y dejas todas mis preocupaciones y mis malos días tirados por cualquier rincón de la habitación como queriendo decir “te voy a quitar toda la sal que llevas en las heridas”.
Y me dejas caer, pero caes conmigo. Y entonces es cuando buscamos y encontramos… Y temblamos. Llegó el terremoto que va a arrasar con el invierno. Y nosotros mientras debajo de las sábanas nos bebemos, como queriendo saciar una sed inexistente. 
Ven, que yo te hago un hueco.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Acción, reacción.

Pisotearon sin pudor alguno
la tierra donde crecían los sueños de la gente,
nos obligaron a aguantar
las arcadas que nos provocaban sus sonrisas,
pintaron nuestras caras
del color del miedo.
Pretendieron callar la voz
y borrar la historia,
como creyéndose dioses
(dioses de nada y de nadie)
jugando con las fichas de otras personas.

Pero se les pasó ver
que debajo de todo eso
tenemos el rostro color tierra
y los puños preparados
para cobrarles todas sus deudas.
Porque nuestros sueños
pesan más que vuestros uniformes
y en nuestra mirada
veréis reflejada vuestra burla
en el momento en el que caiga la lluvia
sobre vosotros.

Tira y afloja,
jugasteis demasiado
no os extrañéis si ahora las piedras
están en vuestro tejado.

martes, 7 de agosto de 2012

Reinventando melodías.

Cuando cae la noche y se siente sólo la llama a ella. Se sienta en la cama con ella y la coge por la cintura y le cuenta todos sus miedos, el por qué de la soledad que le aprisiona la garganta y sus pesadillas. Y ella, con suma paciencia, le escucha y le consuela. Es entonces cuando él la empieza a tocar y empieza a sentirse bien otra vez, porque para él no hay nada más importante ni más valioso que esas seis cuerdas que responden a todos sus deseos.
Rasga las cuerdas y la guitarra responde convirtiendo toda esa rabia en melodía, una melodía suya propia que nadie más puede tocar porque ese sentimiento sólo le pertenece a él y nadie más lo puede comprender. Y la toca, la posee y la convierte suya. Y ella responde a sus deseos, hace eco de todos sus sentimientos y hasta parece que grita en determinados momentos toda la rabia que contenía dentro de él.
Y llega un momento en que el mundo parece que se ha detenido para escucharlos. Ya no son un chico y su instrumento, son sólo uno, perfecta conjunción que nadie puede entender. Es justo en ese momento cuando el mundo contenido en esa pequeña habitación estalla en una explosión que semeja la muerte de una estrella, tan luminosa y destructiva que podría tumbar a cualquier gigante que se pusiera en su camino.
Sus dedos se mueven tan rápido que parece que flotan sobre el cuerpo de su dulce compañera, acordes y solos que descargan todos los sentimientos fuera de su cuerpo, versos que hablan de volar y escapar lejos, de aprender a caer para volver a levantarse...
Porque cuando quiere también puede hablarle de amor, (creerme cuando os digo que sólo la música puede describir el amor, porque las palabras se quedan muy cortas en ese tema.) entonces sí que hasta el humo del cigarro parece danzar y emocionarse con esas notas. Acuna a su pequeña entre sus brazos y la acaricia suavemente, temeroso de romper sus frágiles cuerdas. Transforma sus pensamientos en canciones que merecerían estar en la listas de más descargadas, canta metáforas al aire mirando siempre a la luna, como un viejo lobo enamorado.
Afortunado aquel que puede hacer todo esto porque, como siempre dije "una melodía vale más que un millón de palabras" y sólo unos pocos pueden poseer magia en sus dedos y no dormir nunca sólos en las noches más oscuras.









viernes, 4 de mayo de 2012

En el pasado vive la mugre.

Y llegaron los fantasmas para recordarme tiempos, no sé si mejores, pero pasados. Les preparé la cama para que se quedaran a dormir. Les compré unas cervezas y les lié unos cuantos cigarros, más que nada para echarnos unas risas recordando los buenos momentos. Y poníamos la música y bailábamos hasta que nos dolían las piernas, y saltando, como queriendo alcanzar la luna y guardarla en un bote para que nos alumbrara cual bola de discoteca, y cantando, o más bien desafinando y gritando dejando traslucir las ganas de vivir. Bailamos vals y caímos derrotados por el éxtasis de vivir. Ahogamos la resaca con café y hablamos sobre todo, reímos, demasiado diría yo. Fumamos y volvimos a bailar en círculos, queriendo perder la noción del tiempo y del espacio. Una, dos, tres y cien canciones.
Y pasó el tiempo y mis fantasmas seguían ahí, habían desecho las maletas y ocupado todo el armario casi sin dejarme sitio para mí. Cuando me quise dar cuenta ya no quedaba ni cerveza, ni tabaco, ni comida; el polvo se había acostumbrado a dormir en los muebles, no quedaban platos limpios y la ropa tenía lamparones por todos los lados. Me miré al espejo y me costó reconocerme, el rimmel corrido, las ojeras me llegaban casi hasta las mejillas y el pelo estaba incluso peor que el de Amy Winehouse. ¡Qué asco daba!
Intenté recoger todo, poner la casa en orden, ducharme, peinarme... Pero los fantasmas habían ocupado mi espacio, no me dejaban hacer nada y se apalancaban en el sofá, arrastrándome con ellos en busca de otra nueva fiesta que anticipaba una resaca amnésica. No podía recordar nada de lo pasado en esos últimos días, ¿o habían pasado semanas?, poco importaba ya... Dejé que mi vida pasase, siempre recordando una y otra vez mi pasado con los fantasmas, aunque en vez de reírnos ahora me acusaban de los errores y se burlaban de mi cobardía, señalándome con un dedo acusador que cortaba la respiración y hacía que las lágrimas no pararan de brotar de mis ojos. Me acurrucaba en el sofá, rodillas en pecho hasta que pasaba el llanto, y entonces venían los fantasmas a acariciarme, a consolarme, me tapaban con la manta y me abrían otra cerveza... Y volvíamos a bailar en círculos y a fumar cigarros hasta las tantas de la mañana.
Cada día era una repetición del anterior, resaca, café, llantos, cerveza, resaca, café... Hasta que un día resbalé y caí, me hice un corte en la pierna y la sangre brotaba cayendo sobre mis dedos y los fantasmas se mofaron de mi torpeza y siguieron bebiendo. Ahora yo era la fantasma en esta vida, ellos eran los que guiaban cada acto que yo hacía, como si fuera su títere.
Grité, grité al cielo, muy alto, como si quisiese romper la barrera del sonido. Grité hasta dejarme la voz. Y los fantasmas seguían riéndose de mi insignificancia. Les ordené que se marcharan, les supliqué que me dejaran tomar las riendas de mi vida. Y pusieron otra vez el vals, y intentaron volver a bailar conmigo la maldita melodía del amor para conseguir quedarse conmigo, dieron vueltas a mi alrededor consiguiendo que perdiera de nuevo la noción del tiempo. Pero no, esta vez no iban a salirse con la suya. Corrí hasta el armario y lo vacié tirando sus cosas por las ventanas, rompiendo sus cosas y les eché a patadas de mi vida. Y me quedé mirándoles mientras se iban. Los quería, pero no podía permitir abandonarme y refugiarme siempre en el pasado.
Y miré mi casa, parecía que llevaba abandonada mucho tiempo. Respiré, hasta que el aire llegó a atravesarme los pulmones, y empecé a recomponer poco a poco todo lo que los fantasmas del pasado habían roto.



lunes, 23 de abril de 2012

Mi rutina preferida.

Y ahora la habitación tendrá un olor diferente, aunque nadie lo note.
Luces apagadas que dejaban ver el brillo en los ojos y las pupilas dilatadas.
La impotencia que me despierta el no poder detener el mundo y que ya no te muevas de aquí, y mirar tu forma de tumbarte y cerrar los ojos, como si fingieras dormir.
Que se vaya el estrés y la desesperación que me provoca pensar todo lo que pasa fuera de estas cuatro paredes, todo lo que me queda por hacer y todas las implicaciones morales que me provoca esto.
Yo ya no sé qué más puedo hacer, me rindo ante la imposibilidad de tenerte lejos, sólo relativamente. Ya te dejo que te quedes el tiempo que quieras, siempre habrá sitio para otra locura más. Te dejo los cajones que quieras de mi tiempo, llénalos de todo lo que te dé la gana. Humo y cafeína, besos y caricias, secretos y vidas escondidas. También te dejo que los vacies cuando quieras y que cierres para siempre la puerta con un punto y final.
Me da igual el daño si al final consigo enredarte un rato más. Ahora es imposible deshacer lo que hiciste.

sábado, 31 de marzo de 2012

Carpe Diem.

Y ahora sé que contestar cuando la gente me pregunte: "¿Qué haces?" Y me quedaré mirando sus caras de payaso cuando les conteste. Payasos que piensan que igual no he entendido la pregunta, o que les estoy vacilando. Y me reiré ante esta situación, en parte por su ignorancia y en parte me darán lástima al no comprender mi respuesta.
Porque mi respuesta es simple: "Estoy viviendo". Una respuesta tan sencilla que a nadie se le ocurrió que podía contestar a una pregunta tan compleja.
Porque la gente hoy en día no vive, hoy en día sólo hace una rutina. Esperan con resignación a un nuevo día, con el mismo desayuno, a la misma hora. Y así hasta acabar tumbados en el mismo sofá, con la misma cerveza que el día anterior.
Y yo mientas viviré la vida y disfrutaré de cada nuevo segundo, disfrutando de lo inefable y sencillo del momento.

jueves, 8 de marzo de 2012

"El Cuento Número Trece", Diane Setterfield

Entonces habló-
-¿Ha visto alguna vez el retrato de Dickens en su estudio? Lo pintó un hombre llamado Buss, creo. Tengo una reproducción por ahí, ya se la buscaré. En el retrato de Dickens ha empujado la silla del escritorio hacia atrás y está dormitando con los ojos cerrados y su barbudo mentón sobre el pecho. Lleva puestas las zapatillas. Alrededor de su cabeza flotan personajes de sus libros como si fueran humo de cigarrilo; algunos se apiñan sobre los papeles del escritorio, otros se han deslizado detrás de él o han descendido, como si se creyeran capaces de caminar con sus pies por el suelo. ¿Y por qué no? Sus trazos son tan fuertes como los del propio escritor, así que ¿por qué no deberían ser tan reales como él? Son más reales que los libros de las estanterías, esbozados con una línea apenas visible y discontinua que en algunos lugares se desvanece en una nada fantasmagórica.
>>Se estará preguntando por qué recordar ahora ese retrato. Si lo recuerdo con tanta precisión es porque refleja perfectamente la forma en que yo he vivido mi propia vida. He cerrado la puerta de mi estudio al mundo y me he recluído con mis personajes. Durante casi sesenta años he escuchado a hurtadillas y con total impunidad las vidas de seres imaginarios. He mirado descaradamente en corazones y retretes. Me he arrimado a sus hombros para seguir el movimiento de plumas que escribían cartas de amor, testamentos y confesiones. He observado a enamorados amarse, a asesinos matar, a niños jugar con la imaginación. Cárceles y burdeles me han abierto sus puertas; galeones y caravanas de camellos han cruzado mares y desiertos conmigo; siglos y continentes se han esfumado a mi antojo. He espiado las fechorías de los poderosos y he sido testigo de la nobleza de los sumisos. Tanto me he inclinado sobre personas que dormían en sus lechos que es posible que hayan notado mi aliento en sus caras. He visto sus sueños.
>>Mi estudio está abarrotado de personajes que están esperando a ser escritos. Personas imaginarias, deseosas de una vida, que me tiran de la manga, gritando: "¡Ahora yo! ¡Venga! ¡Me toca a mí!". Tengo que elegir. Y en cuanto ya he elegido, el resto calla durante diez meses o un año, hasta que llego al final de una historia y el clamor se reanuda.
[...]